jueves, 27 de junio de 2013

El teatro.



Llevábamos horas bailando. Él y yo, solos en aquel, ahora vacío escenario del teatro más conocido de la ciudad; Aquel que todas las noches se llenaba con las actuaciones de tan diversos artistas que viajaban de dónde quisiera que viviesen hasta aquí solo para actuar en el majestuoso teatro de esta humilde ciudad.
Nuestro único acompañamiento era Young and beautiful, la canción cuya letra no dejaba de repetirse en mi cabeza cada vez que él me rodeaba con sus brazos. Aunque allí solo estuviésemos nosotros dos, todo me resultaba muy extraño, era como si alguien estuviera observándonos todo el tiempo, escondido detrás de cualquier butaca. La idea me producía escalofríos, pero entonces le miraba a él y a su despampanante sonrisa y todas mis preocupaciones se esfumaban, me sentía protegida, arropada y querida.
La canción había terminado y él me conducía hacía el borde del escenario para sentarse mientras extendía su mano para ayudarme. Escuchando el eco de nuestra respiración y mirando con curiosidad cada uno de los detalles que aguardaba aquella inmensa sala de teatro nos encontrábamos ahora, sin articular palabra, simplemente observando, observándonos, y dedicándonos tímidas sonrisas. De pronto él cerró los ojos y yo aproveché la oportunidad para mirarle fijamente y averiguar más inquietudes sobre su rostro que ahora se mostraba relajado. Era misterioso, atractivo  y natural, pero lo que más me inquietaba no era su físico, sino su vida, porque acababa de recordar que no sabía absolutamente nada de él, excepto su nombre, John; En cambio, John, en una simple mañana había conseguido averiguar muchos de mis problemas, se había ganado mi confianza y, tal vez,  incluso mi corazón, con solo escucharme, mirarme y comprenderme.

Era una fría mañana de otoño, yo paseaba por la ciudad, como solía hacer habitualmente, para evadirme de lo que ocurría en mi casa, de los continuos problemas que la invadían y hacían de ella un lugar triste para vivir y pretender ser feliz. Como siempre, me dirigía a las afueras, dónde no hubiera nadie, dónde pudiera estar sola. A pesar del molesto frío, no me importaba estar allí sentada, en un banco colocado justo en frente, pero a una cierta distancia de lo más importante que tenía esta ciudad, el motivo por el que turistas y artistas sabía de de ésta, el teatro. Siempre que podía, venía, me sentaba, contemplaba su grandeza, me distraía viendo a gente transportando pesados artilugios e imaginaba la multitud de historias que podrían haber sucedido ahí dentro, ya que nunca había tenido la oportunidad de verlo por dentro, pues no tenía suficiente dinero para hacerlo, pero podía imaginar su belleza.
Al poco tiempo de estar allí sentada apareció un gran camión del que comenzaron a bajar muchos hombres que cargaban artilugios para las funciones, pero lo que me extrañó fue que junto a los hombres, también bajó un chico bastante joven y fuerte, que les ayudaba. Cuando hubo terminado de descargarlo todo, se percató de que le estaba mirando curiosamente y se acercó hacia mí. Estaba nerviosa, me entró miedo e incluso estuve a punto de huir antes de que comenzase a hablarme, pero no lo hice, se sentó a mi lado, se limpió las sucias manos en su viejo peto, extendió la mano y se presentó con una amplia sonrisa; Yo, un poco desconcertada, le imité. Me preguntó qué hacía aquí, tan apartada de la ciudad y de repente, sin miramiento alguno, comencé a contarle toda mi historia, ante su atenta y seria mirada, empezando suavemente, pero contándole casi todas mis angustias, miedos y problemas. No entendía por qué me estaba comportando así, por qué le estaba diciendo todo esto a un completo desconocido, pero necesitaba tanto desahogarme y a él parecía importarle tan poco que no le dejase hablar, que no paré hasta que le hube contado todo. Cuando terminé, suspiré, agaché la cabeza y una pequeña lágrima se deslizó sobre mi rostro. John, al verme, me cogió la mano y me condujo hacia dentro del teatro. No podía creer lo que estaba haciendo, pero me dejaba llevar y a cada paso que dábamos mi sonrisa y mi asombro iban aumentando.

Llevaba ya un buen rato con los ojos cerrados y yo me preguntaba qué estaría pasando por su cabeza en esos momentos, en qué pensaría. Me moría de la curiosidad. De repente abrió los ojos y sin poder contenerme un minuto más, finalmente le pregunté quién era, él miró fijamente hacia el frente y pude observar como su rostro se entristecía y se tornaba serio. Me sentí mal, tal vez había hecho que se angustiara, pero no iba a retirar mi pregunta, necesitaba saber algo sobre él. Giró su cabeza y me miró fijamente, totalmente serio, abrió la boca y de sus labios comenzaron a salir palabras que realmente me enternecieron y entristecieron muchísimo. Me contó que provenía de una familia que no le quería y a los 4 años le abandonó en la calle completamente solo y moribundo, pocos días después, una monja le encontró en el suelo llorando y le llevó a un orfanato donde pasó 7 años; Pero aquel orfanato para él, más que un hogar era un infierno, todos los niños que vivían en él tenían problemas, incluido él.
 Un buen día consiguió escaparse de allí y lo único que recuerda es que a mitad de la noche encontró a unos infelices borrachos que le golpearon, apuñalaron y dejaron inconsciente en el suelo. Cuando despertó, se encontraba en una humilde casucha, en los barrios que solo los pobres conocían de Nueva York, tumbado sobre un colchón del suelo, con la única compañía de una anciana que estaba sentada a su lado. Un  pobre y esmirriado hombre le había encontrado tirado en el suelo, herido,  mientras buscaba chatarra con su camión, y decidió ayudarle y acogerle. Desde entonces, esa anciana y el chatarrero se convirtieron en su única familia, pero el dinero escaseaba y ya no sabían cómo ganarse la vida. Un buen día, mientras John le limpiaba las botas a un rico y elegante hombre, éste, al ver lo relucientes que había dejado sus botas, abrió un poco su corazón hacia un simple niño pobre, se presentó ante él alardeando de que era uno de los hombres más adinerados de América y al intuir sus condiciones de vida, le ofreció trabajar transportando material para los restaurantes, bares, cabarets y teatros más importantes de los que él era dueño. John, entusiasmado por la idea, aceptó. Aunque lo que iban a pagarle era una miseria, para John y su familia era un gran paso y el comienzo a una vida algo mejor.
Desde entonces John había ido viajando de ciudad en ciudad con un gran número de hombres y niños, transportando el caro y pesado  material con el que nadie quería cargar, pero todos deseaban disfrutar. El trabajo sucio.
Después de su triste y emotiva historia, transcurrió un buen rato de silencio. Intenté asimilar todo lo que acababa de contarme y comencé a sentirme estúpida y egoísta al haberle contado toda mi historia, creyendo que era la persona más infeliz del mundo, cuando delante de mis propios ojos tenía a un chico que había pasado por muchas más penurias que yo y que probablemente tendría que pasar por muchas más. Me levanté y caminé por todo el teatro, ante la atenta mirada de John, odiando cada parte de él y pensando en todo el dinero y toda la porquería que se movía detrás de estas paredes. Cerré los ojos, del mismo modo que John lo había hecho, me calmé y me dirigí hacía él. Las únicas palabras que pude articular fueron ‘lo siento’, pero lo que para mí fueron las palabras más duras que había pronunciado, a él le parecieron divertidas.
Salimos de allí y cuando finalmente estábamos fuera, suspiré, y fue raro, porque el lugar donde hace unas horas habría pasado toda mi vida y dónde ansiaba entrar, ahora me repugnaba y su impresionante belleza me asustaba.
Un hombre gordo y sucio llamó a John a gritos para indicarle que debían marcharse, él me acarició la mejilla, sonrió y poco a poco se marchó, sin apartar la vista de mí hasta que tuvo que subir al camión. Me hubiera gustado besarle, pero solo pude fotografiar en mi mente la amplia y sincera sonrisa que solo a mí me había dedicado.
En cuanto reaccioné me aleje lo más rápido que pude de allí. Al llegar a casa, mi madre me abrazó al ver mis labios morados del frío, me tapó,  me trajo un buen tazón de caldo y por una vez, pude ver que aquel triste hogar, al fin y al cabo, no era tan malo, porque allí estaba la gente que me quería y con la que quería estar.
Era curioso cómo John, en tan poco tiempo, había hecho que me diese cuenta del mundo que había a mi alrededor, que cuando pensaba que era la más infeliz, llegó y entendí que él sí tenía verdaderos motivos para hundirse y sin embargo, sonreía y disfrutaba de las pequeñas cosas que la vida podía ofrecerle sin encerrarse en su mundo, cómo hacía yo, y lo más importante, me enseñó que a veces, lo que a simple vista es bello y majestuoso, puede tener un fondo sucio y oscuro.

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