Es solo una luz, pero es suficiente para que siga intentándolo.
Todo esta mal, sientes como todo se hunde bajo tus pies y notas como vas cayendo lentamente. Te sientes sola,crees que no tienes a nadie. Piensas que todo es tu culpa y notas como caes más rápido en un agujero cada vez más estrecho y vacío.
jueves, 27 de junio de 2013
Nada.
Corres, cada vez más rápido, tu corazón se acelera, te cuesta respirar, sabes que estás huyendo y te duele, pero el pánico te impide mirar hacia atrás y enfrentarte. No puedes detenerte porque sabes que si lo haces probablemente tropezarás, caerás y te darás cuenta de la realidad que te rodea. No sabes hacia dónde te diriges pero tampoco importa, simplemente un lugar dónde estar completamente sola. Oh sí, sola, así nadie te hará daño. Ese deseo te proporciona velocidad y cada vez te alejas más y más de tu realidad hasta que no puedes más y paras. Ya estás muy lejos de todo, lo que tu querías, estar sola. Repiras hondo y te tumbas en el rígido suelo. Nada te rodea. Sonríes, crees que eso es lo mejor, así no tendrás que enfrentarte a nada nunca más. Pero la sonrisa se va esfumando, te sientas, te encoges y empiezas a sentirte cobarde, miras el largo camino que acabas de recorrer para llegar hasta lo que creías que te haría feliz pero ahora que lo has conseguido tampoco estás bien y te hundes en tus lágrimas. Desesperada intentas rehacer tu camino de vuelta buscando algo, alguien que te consuele y te quiera, pero ya es demasiado tarde, ya no tienes a nadie, lo has perdido todo.
El teatro.
Llevábamos horas bailando. Él y yo, solos en aquel,
ahora vacío escenario del teatro más conocido de la ciudad; Aquel que todas las
noches se llenaba con las actuaciones de tan diversos artistas que viajaban de
dónde quisiera que viviesen hasta aquí solo para actuar en el majestuoso teatro
de esta humilde ciudad.
Nuestro único acompañamiento era Young and beautiful, la canción cuya
letra no dejaba de repetirse en mi cabeza cada vez que él me rodeaba con sus
brazos. Aunque allí solo estuviésemos nosotros dos, todo me resultaba muy
extraño, era como si alguien estuviera observándonos todo el tiempo, escondido
detrás de cualquier butaca. La idea me producía escalofríos, pero entonces le
miraba a él y a su despampanante sonrisa y todas mis preocupaciones se
esfumaban, me sentía protegida, arropada y querida.
La canción había terminado y él me conducía hacía el
borde del escenario para sentarse mientras extendía su mano para ayudarme.
Escuchando el eco de nuestra respiración y mirando con curiosidad cada uno de
los detalles que aguardaba aquella inmensa sala de teatro nos encontrábamos
ahora, sin articular palabra, simplemente observando, observándonos, y
dedicándonos tímidas sonrisas. De pronto él cerró los ojos y yo aproveché la
oportunidad para mirarle fijamente y averiguar más inquietudes sobre su rostro
que ahora se mostraba relajado. Era misterioso, atractivo y natural, pero lo que más me inquietaba no
era su físico, sino su vida, porque acababa de recordar que no sabía
absolutamente nada de él, excepto su nombre, John; En cambio, John, en una simple
mañana había conseguido averiguar muchos de mis problemas, se había ganado mi
confianza y, tal vez, incluso mi
corazón, con solo escucharme, mirarme y comprenderme.
Era una fría mañana de otoño, yo paseaba por la
ciudad, como solía hacer habitualmente, para evadirme de lo que ocurría en mi
casa, de los continuos problemas que la invadían y hacían de ella un lugar
triste para vivir y pretender ser feliz. Como siempre, me dirigía a las
afueras, dónde no hubiera nadie, dónde pudiera estar sola. A pesar del molesto
frío, no me importaba estar allí sentada, en un banco colocado justo en frente,
pero a una cierta distancia de lo más importante que tenía esta ciudad, el
motivo por el que turistas y artistas sabía de de ésta, el teatro. Siempre que
podía, venía, me sentaba, contemplaba su grandeza, me distraía viendo a gente
transportando pesados artilugios e imaginaba la multitud de historias que podrían
haber sucedido ahí dentro, ya que nunca había tenido la oportunidad de verlo
por dentro, pues no tenía suficiente dinero para hacerlo, pero podía imaginar
su belleza.
Al poco tiempo de estar allí sentada apareció un
gran camión del que comenzaron a bajar muchos hombres que cargaban artilugios
para las funciones, pero lo que me extrañó fue que junto a los hombres, también
bajó un chico bastante joven y fuerte, que les ayudaba. Cuando hubo terminado
de descargarlo todo, se percató de que le estaba mirando curiosamente y se
acercó hacia mí. Estaba nerviosa, me entró miedo e incluso estuve a punto de
huir antes de que comenzase a hablarme, pero no lo hice, se sentó a mi lado, se
limpió las sucias manos en su viejo peto, extendió la mano y se presentó con una
amplia sonrisa; Yo, un poco desconcertada, le imité. Me preguntó qué hacía
aquí, tan apartada de la ciudad y de repente, sin miramiento alguno, comencé a
contarle toda mi historia, ante su atenta y seria mirada, empezando suavemente,
pero contándole casi todas mis angustias, miedos y problemas. No entendía por
qué me estaba comportando así, por qué le estaba diciendo todo esto a un
completo desconocido, pero necesitaba tanto desahogarme y a él parecía
importarle tan poco que no le dejase hablar, que no paré hasta que le hube
contado todo. Cuando terminé, suspiré, agaché la cabeza y una pequeña lágrima
se deslizó sobre mi rostro. John, al verme, me cogió la mano y me condujo hacia
dentro del teatro. No podía creer lo que estaba haciendo, pero me dejaba llevar
y a cada paso que dábamos mi sonrisa y mi asombro iban aumentando.
Llevaba ya un buen rato con los ojos cerrados y yo
me preguntaba qué estaría pasando por su cabeza en esos momentos, en qué
pensaría. Me moría de la curiosidad. De repente abrió los ojos y sin poder
contenerme un minuto más, finalmente le pregunté quién era, él miró fijamente
hacia el frente y pude observar como su rostro se entristecía y se tornaba
serio. Me sentí mal, tal vez había hecho que se angustiara, pero no iba a
retirar mi pregunta, necesitaba saber algo sobre él. Giró su cabeza y me miró
fijamente, totalmente serio, abrió la boca y de sus labios comenzaron a salir palabras
que realmente me enternecieron y entristecieron muchísimo. Me contó que
provenía de una familia que no le quería y a los 4 años le abandonó en la calle
completamente solo y moribundo, pocos días después, una monja le encontró en el
suelo llorando y le llevó a un orfanato donde pasó 7 años; Pero aquel orfanato
para él, más que un hogar era un infierno, todos los niños que vivían en él
tenían problemas, incluido él.
Un buen día
consiguió escaparse de allí y lo único que recuerda es que a mitad de la noche
encontró a unos infelices borrachos que le golpearon, apuñalaron y dejaron
inconsciente en el suelo. Cuando despertó, se encontraba en una humilde
casucha, en los barrios que solo los pobres conocían de Nueva York, tumbado
sobre un colchón del suelo, con la única compañía de una anciana que estaba
sentada a su lado. Un pobre y esmirriado
hombre le había encontrado tirado en el suelo, herido, mientras buscaba chatarra con su camión, y
decidió ayudarle y acogerle. Desde entonces, esa anciana y el chatarrero se convirtieron
en su única familia, pero el dinero escaseaba y ya no sabían cómo ganarse la
vida. Un buen día, mientras John le limpiaba las botas a un rico y elegante
hombre, éste, al ver lo relucientes que había dejado sus botas, abrió un poco
su corazón hacia un simple niño pobre, se presentó ante él alardeando de que
era uno de los hombres más adinerados de América y al intuir sus condiciones de
vida, le ofreció trabajar transportando material para los restaurantes, bares,
cabarets y teatros más importantes de los que él era dueño. John, entusiasmado
por la idea, aceptó. Aunque lo que iban a pagarle era una miseria, para John y
su familia era un gran paso y el comienzo a una vida algo mejor.
Desde entonces John había ido viajando de ciudad en
ciudad con un gran número de hombres y niños, transportando el caro y
pesado material con el que nadie quería cargar,
pero todos deseaban disfrutar. El trabajo sucio.
Después de su triste y emotiva historia, transcurrió
un buen rato de silencio. Intenté asimilar todo lo que acababa de contarme y
comencé a sentirme estúpida y egoísta al haberle contado toda mi historia,
creyendo que era la persona más infeliz del mundo, cuando delante de mis
propios ojos tenía a un chico que había pasado por muchas más penurias que yo y
que probablemente tendría que pasar por muchas más. Me levanté y caminé por
todo el teatro, ante la atenta mirada de John, odiando cada parte de él y
pensando en todo el dinero y toda la porquería que se movía detrás de estas paredes.
Cerré los ojos, del mismo modo que John lo había hecho, me calmé y me dirigí
hacía él. Las únicas palabras que pude articular fueron ‘lo siento’, pero lo
que para mí fueron las palabras más duras que había pronunciado, a él le
parecieron divertidas.
Salimos de allí y cuando finalmente estábamos fuera,
suspiré, y fue raro, porque el lugar donde hace unas horas habría pasado toda
mi vida y dónde ansiaba entrar, ahora me repugnaba y su impresionante belleza
me asustaba.
Un hombre gordo y sucio llamó a John a gritos para
indicarle que debían marcharse, él me acarició la mejilla, sonrió y poco a poco
se marchó, sin apartar la vista de mí hasta que tuvo que subir al camión. Me
hubiera gustado besarle, pero solo pude fotografiar en mi mente la amplia y
sincera sonrisa que solo a mí me había dedicado.
En cuanto reaccioné me aleje lo más rápido que pude
de allí. Al llegar a casa, mi madre me abrazó al ver mis labios morados del
frío, me tapó, me trajo un buen tazón de
caldo y por una vez, pude ver que aquel triste hogar, al fin y al cabo, no era
tan malo, porque allí estaba la gente que me quería y con la que quería estar.
Era curioso cómo John, en tan poco tiempo, había
hecho que me diese cuenta del mundo que había a mi alrededor, que cuando
pensaba que era la más infeliz, llegó y entendí que él sí tenía verdaderos
motivos para hundirse y sin embargo, sonreía y disfrutaba de las pequeñas cosas
que la vida podía ofrecerle sin encerrarse en su mundo, cómo hacía yo, y lo más
importante, me enseñó que a veces, lo que a simple vista es bello y majestuoso,
puede tener un fondo sucio y oscuro.
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